Los cuervos y las palomas

Había una vez un niño alimentando cuervos en su patio. Les tiraba pedazos de salchichas que habían expirado en su nevera. De pronto su abuelo apareció y le regañó.

  • ¿Por qué estás alimentando los cuervos? –preguntó el anciano airado–. Sí te descuidas ellos te sacaran los ojos. Son las aves del diablo.

Entonces el abuelo lo llevó al parqué, le entregó una bolsa de maíz y dijo:

  • He aquí las palomas, las mensajeras de Dios. No hay nada tan puro y simbólico como ellas. Pon un poco de maíz en tu mano y levántala.
  • Pero abuelo –respondió el niño–, aquí dice que no podemos alimentar a las palomas.
  • ¡Patrañas! Ve y haz lo que te digo.

El niño se acercó todo un puñado de maíz con su mano y la levantó. Varias palomas se acercaron, una incluso se posó en su cabeza y le picoteó el ojo. El niño gritó del dolor, el abuelo no sabía lo que había pasado, porque un animal con hambre come lo que se encuentre.

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