El pianista y el océano

Recuerdo un sueño donde estaba en un cuarto, sentado en medio de la penumbra y más adyacente de mí se encontraba un pianista. Aquel decrepito hombre no tenía ojos, pero sabía de memoria las posiciones de todas las teclas que un piano tiene.

Empezó a tocar notas al azar, como si de un juego fuese.  Esos torpes golpeteos me hicieron recordar el decimoprimer cumpleaños de mi sobrina cuando mi hermana le regaló un nuevo piano. Aquella ocasión se comprende, puesto que era su primera vez, pero esa sosa y fea interpretación no tenía excusa.

Eran sonidos desarticulados, bastante patético; hasta me reí eufórico de su mala ejecución que supongo era original. Luego que dejé de burlarme me percaté que tocaba la misma tecla una y otra vez, sumergido en un estúpido trance de lo que creí era su locura. No sé cuánto duro, pero con cada frecuencia disminuía la intensidad de la nota, hasta quedar en un completo silencio. De no ser por el sosegado ruido del mar, creería que mis oídos se habían roto.

De pronto encontré extraño que la única cosa que podía visualizar era la decrepita figura del anciano, quieto enfrente del teclado. Sin aviso, empezó a tocar una magistral pieza que iluminó el cuarto. Estábamos sobre la superficie de un tormentoso mar, e inexplicable que fuese sentía que me hundía mientras él tocaba bajo esa tempestad.  No, sí lo sabía, él era el imponente sol que alumbraba a través  del oleaje. Pensé por largo tiempo el nombre de esa melodía, por un segundo creí que era de Liszt; pero estaba equivocado, la compuso Chopin.

Ya cuando supe el irónico nombre de esa pieza musical, un par de gigantescas olas se cruzaron enfrente de mí para envestirme y derribarme de la comodidad de mi silla hacia el mar. Intenté nadar, pero un par de cadenas se aseguraron alrededor de mi cuello y estómago, arrastrándome a las profundidades del océano.

Pude ver la brillante superficie junto a las bellas criaturas marinas desaparecer a la distancia. Aunque seguía escuchando esa bella composición inundar mi cabeza. Intenté nadar en contra como desengancharme de esas viles ataduras, pero no lo logre, y los abismos de aquel averno eran cada vez más sombríos.

Note la zigzagueante figura de una serpiente con el cuerpo de un hombre sin rostro bailar sobre mí. Luego, en la lejanía, la espectacular figura de una hermosa muchacha jugar con sus cabellos y pechos mientras arriba de ella brillaban tres lamparitas que ocultaban las dos hileras de afilados colmillos. Y por fantasioso que fuese, vi detrás de mí la mórbida figura de un caballo galopando con impetuosidad dentro del agua, mientras que en su carne estaban incrustadas las cadenas que estaban alrededor mío. Eso también me vio, y relinchó cuando estábamos casi a la disposición de la oscuridad; en medio de otras horrendas criaturas y espantosas almas.

Entonces desperté en el sofá, escuchando a mi sobrina tocar el piano. Era la misma pieza musical en mi pesadilla, Etude Op.25 n.12 de Chopin. Y supe al fin que había prostituido todo mi talento.


 

Notas del autor:

Se me ocurrió el cuento después de escuchar a Chopin el otro día. Algunas veces creo que la música puede ser la fuente de mi inspiración más poderosa. (Ni les quiero decir que pienso cuando escuchó a Vivaldi)

Me disculpo si el cuentos les parece un poco pretencioso, creo que es así como escribo :p

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