Quien nos acecha

El doctor plaga

No puedo creer los extraños sucesos que acabé de ver. ¿Es acaso una señal divina quien nos quiere castigar? ¡Oh Dios! ¿Por qué nos pasa esto?

Hoy en la mañana terminamos de recoger a otra paciente, una chica de 20 años. Revisé su cedula ciudadana, se llamaba Esperanza. – Vaya Esperanza, espero que te guste tu nuevo hogar – mis otros compañeros me escucharon y rieron, luego yo también. Es lo maravilloso de este empleo; vas, recoges el cuerpo anestesiado de una bella chica, la transportas al punto indicado, y bam, dinero fácil. Los clientes pagan con efectivo cada envió. Nosotros cobramos dependiendo de qué tipo de tipo de chica se traté. Empezando por su color de piel, hay quienes pagan a montón por una indiecita, o una color canela. Luego sigue el tipo de cuerpo que posea; obvio que no nos darán ni mierda si tiene un cuerpo pasado de peso. Escogemos a nuestra mercancía dependiendo de qué tan grande tiene su cintura y que tan buena está. Las redes sociales nos proporciona información muy importante ¿Cómo en que barrio viven? ¿Estrato económico? ¿Y lugares que frecuenta? Sobre todo lo demás. ¿Qué discotecas ellas prefieren ir? Hay veces que en el mismo lugar hacemos 5 u 6 rondas la noche. Algunas la aceptan, a las otras no. Y de quienes nuestros clientes rechazan, pues nosotros las disfrutamos.

En esa noche nos disponíamos a hacer lo de siempre, ir al motel, recoger a la chica, transportarla y tomar el dinero. Nuestro grupo se divide en tres. El primero grupo son los que buscan y seducen a las chicas lindas. Acaramelan el oído a esas bobas con técnicas psicológicas que muy pocos hombres conocen. Hacen que tengan emociones intensas y eróticas para luego llevarlas a un lugar privado. Allí se la disfruta aquel quien primero la llevó, luego la droga cuando esta menos prevenida. Es aquí que el momento mágico comienza, llegan los otros tres y examinan a la chica e informan al grupo dos, que somos nosotros, a trasladarla. El tercer grupo son algunos trabajadores del motel y otros tipos que están en los alrededores, vigilando que no vengan a estropear la policía u otro chismoso. Pero muy bien sabemos que tenemos comprados algunos comandantes y tenientes para que no interfieran.

Cuando llegamos siempre nos hacemos una calle más abajo, dejamos que nuestro conductor se quede allí. Del carro al motel son casi 5 minutos a pie. Cuando llegamos vimos que estaba una ambulancia, y del motel salió una camilla con algunos paramédicos auxiliando a una chica; tenía todas las descripciones físicas que nuestros compañeros nos habían dado. Luego salieron algunos policías con unas bolsas negras. – ¿Quién habría muerto?

Traté de llamar a todos los integrantes del tercer grupo para saber porque no nos habían advertido. Pero nada, ninguno contestó. Hice el último intento, y mi sorpresa fue de color mierda cuando escuché el celular provenir de una de aquellas bolsas negras.

Yo y los otros dos más regresamos al vehículo, pero otra calamidad había azotado. Los puestos delanteros del carro estaban en llamas, y dentro estaba nuestro compañero. Gritaba, y de forma desesperada, trataba de quitarse el cinturón de seguridad. – ¿Cómo diablos tenia aún el cinturón puesto? – Nunca lo supe ni me interesó saber.

En auxilio de mi compañero, llegaron unas personas con baldes de agua y extintores, pero fue un fatídico error. En vez de apagar la flama, hicieron que aumentaran la intensidad. Nuestro amigo aullaba en niveles agudos y movía sus manos para que dejaran de ayudar. La llamarada cubría su cuerpo, para cuando el murió, la hoguera se apagó en un santiamén. Vimos lo que quedo, era un pedazo de carbón gigante y dermis achicharrado.

Soy alguien que no posee un vocabulario muy amplio, y si pudiera, hubiera detallado más a mi compañero. De todos modos era irreconocible; solo sus dientes estaban en buenas condiciones. Todos lo podíamos ver cuando el humo mermo, sus labios se habían caído de la energía generada por la flama.

Decidimos irnos de allí cuanto antes. En ese entonces no sabía porque pero sentía que algo nos estaba vigilando. Podría percibir una gran fuente de rencor hacia nosotros.

En el transcurso del camino recibí la llamada de uno de nuestros clientes. El japonés ese estaba enfadado, lo teníamos esperando casi media hora. Cuando me disponía a contarle lo que paso, algo atravesó desde el otro andén a gran velocidad. Nos empujó dentro de un callejón y es cuando lo vi. Era un hombre pájaro, pero no tenía alas o plumas, parecía que usaba un disfraz, ¿o era una gabardina? El caso fue que usaba una máscara con pico de pájaro de color gris y una línea de color violeta que venía atravesando en sentido vertical su cuenca.

Se nos vino con inmensa agilidad, puso una mano encima de Miguel y en el aire pateó a David hacia atrás. Empezó a conectar golpes rápidos y violentos como los que uno ve en las películas de Jackie Chan o Jet Li. Con terror pude escuchar como crujían los huesos de Miguel, hasta vi atónito como al final, de un puño hundió su rostro. David se levantó con un arma y él se volteó hacia el con unos ojos rojos que brillaban desde esas cuencas oscuras.

  • Sí malparido, espero que te guste el plomo – pero David en vez de apuntar hacia él, puso el cañón bajo su barbilla, después presionó el gatillo. La bala salió por encima de la frente.

¿Por qué te vas a matar si antes amenazabas al villano? Es otra de las cosas que nunca podré entender desde esa noche.

Ahora solo quedábamos nosotros dos. Él se acercaba con esos ojos rojos que me juzgaban. Quizás él podía ver a través de mí y así darme una sentencia. Pero, la patrulla de policía que pasó no lo permitió. Los oficiales se bajaron del auto y con arma en mano dispararon hacia el hombre pájaro. Él con gracia y majestuosidad evitó la primera ronda, luego utilizó los cuerpos de mis compañeros como escudos. Pueda que sea mi imaginación, pero vi que sus ojos cambiaron a un color azul celeste. Yo aproveché el alboroto y me arrastré lo más rápido posible. E incluso, pase por el lado de un oficial, pero me ignoro. Bastante curioso.

Ahora estoy en mi casa y lo primero que hice fue escribir. Como si una fuerza me obligara a hacerlo. Mis dedos me duelen, no he parado ni un momento en relatar esta macabra noche. Y saben lo mejor, el hombre pájaro está aquí, sentado en el alféizar de la ventana con un pie dentro y el otro en su regazo, esperando a que yo acabe de escribir.

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